OBSERVATORIO JUDICIAL DOMINICANO

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La ética judicial como generadora de confianza pública

 

Conferencia dictada por el Dr. Armado Andruet, magistrado-vocal del Tribunal Superior de Justicia de la provincia de Córdoba, Argentina, en la Universidad APEC, Santo Domingo, Distrito Nacional. 

 

etica-judicial(13 de febrero de 2015). Agradezco la presencia de todos ustedes que han creído valiosos algunos comentarios que haré acerca de la ética judicial. Sinceramente, me honra mucho un espacio académico en República Dominicana. República Dominicana ha tenido la gentileza de que yo pueda aportar algunas ideas que indudablemente no son semillas en la piedra, sino que son semillas en tierra fértil para un futuro del Poder Judicial, que seguramente será mucho mejor del que ya es.

En verdad podríamos conversar sobre distintas cuestiones, pero nos ha parecido fundamentalmente valioso transitar el tema de la ética y la confianza pública.

Empecemos por recordar que en la mayoría de los países, no solo de América Latina, sino del mundo, el índice de credibilidad en la justicia, en los poderes judiciales es relativamente bajo o intermedio. Eso tiene varias explicaciones. La primera explicación está asentada en que de cien personas que acuden al Poder Judicial, al menos cincuenta se sienten frustradas en sus expectativas; las cincuenta restantes no tienen la satisfacción total de lo que esperan, de lo que desean. Hay algunas razones que explican eso.

Los índices de confianza, discutibles en algunos casos o no, indudablemente que también señalan que los poderes judiciales no siempre satisfacen el imaginario colectivo que tienen. Cuando uno revisa entonces este problema debe comenzar por entender que los procesos judiciales en los últimos tiempos han tenido profundas transformaciones, transformaciones que no solamente se dan en los procedimientos, imagino que también se dan en el ámbito de la sociedad civil. Hoy, procesos judiciales y de administración de justicia han tenido una gran transformación porque los poderes judiciales han tenido que generar procesos cada vez más dinámicos, cada vez más actuales, que traten de redundar cada vez mejor en los derechos de las personas, y la sociedad civil cada día está convencida de que sus derechos deben tener una satisfacción. Siempre que donde hay un daño hay un responsable y donde hay un responsable hay alguien que paga.

Entonces, ese proceso de la judicialización es un dato incuestionable hoy, motivo por el cual, procesos judiciales, administración de justicia, han traído transformaciones importantes; esas transformaciones primariamente han generado que las relaciones entre ciudadanos y Poder Judicial sean nuevos modos en que se establecen esos puntos referenciales. Quizás históricamente, la relación entre ciudadanía y Poder Judicial tenía un rango que no es el que hoy tiene.

Miremos dos o tres cuestiones: hay un tránsito que se puede decir que va entre lo que es llamado algo así como “el divinismo judicial”. En algún momento mucho antes de nosotros, aun cuando algo de esto pueda quedar, los jueces no se sentían hombres, se sentían algo así como “seres angelicales” que tenían por responsabilidad juzgar la conducta de los demás.

Era un tiempo en donde los poderes judiciales guardaban gran distancia de la sociedad. El tiempo del divinismo judicial contuvo los atributos que las divinidades terrenas podían tener. Ese tiempo, indudablemente fue sufriendo estos procesos de transformación a los que nos estamos refiriendo porque la ciudadanía ya no quiere jueces divinos, sino que quiere jueces con otro tipo de responsabilidades y compromisos, y a la vez los poderes judiciales también están en una dinámica de ser diferentes en la resolución de lo que devuelven a la sociedad.

El tiempo de los poderes judiciales en ese marco de transformación, de relaciones diferentes, habla de un republicanismo judicial. La república también abarca el Poder Judicial, poder judicial entonces más allá de todos los contornos que pueda seguir teniendo, más allá de todos esos tenores y esos decorados, fundamentalmente tiene que ser un poder republicano pensado para una sociedad que justamente disputa sus derechos en los ámbitos de los poderes judiciales y no en otro lugar.

¿Qué ha traído como consecuencia el tránsito de la divinidad al republicanismo judicial? Ha permitido hoy el republicanismo judicial visualizar mejor lo que son ciertas devaluaciones de los poderes judiciales a los que nos vamos a referir en un momento. Pero volvamos a la relación procesos judiciales, administración de justicia, esas nuevas relaciones presuponen superar varios desafíos. No es una situación ligera, es una situación difícil las que tienen los dos actores: los poderes judiciales y la ciudanía para entenderse en esta nueva sintonía.

Eso desafíos presuponen tener los medios y tener la voluntad. Cuando uno dice los medios está pensado fundamentalmente en recursos económicos que ayuden al Poder Judicial a dar respuesta satisfactoria a la ciudadanía, ciudadanía que cada día le pide cada vez más al poder judicial y cada vez le va a seguir pidiendo más. La sociedad va a juridizar cada vez más sus asuntos y el poder judicial tendrá que hacer más esfuerzos para dar respuesta, esfuerzos no solamente técnicos, informáticos, de insumos, sino fundamentalmente de formación, de capacitación.

Dinero, hace falta dinero, pero también hace falta voluntad, una voluntad judicial de comprender que en realidad hay dos imaginarios distintos respecto a un poder etica-judicial02judicial. Los jueces creen que el poder judicial está relativamente bien o poco bien, y la sociedad cree que en realidad está bastante mal o poco bien. Entonces, hay dos imaginarios: un imaginario social y un imaginario judicial que tienen que encontrar un punto de coincidencia para ser realmente satisfactorios.

Ese es el esfuerzo de la voluntad judicial, pero esto va trayendo como natural consecuencia que el tránsito entre un modelo divino y un modelo republicano muestre a los jueces con todas sus deficiencias, con todas sus debilidades. Vivir un modelo de la divinidad judicial es nunca visualizar los problemas reales que hay en el poder judicial y no se puede pensar un poder judicial que siga ignorando los “jueces al desnudo”.

Los jueces al desnudo supone verlos con todas sus debilidades, con todas sus flaquezas. ¿Cuáles son esas flaquezas? Son en realidad las muestras de lo que cualquier ciudadano empieza a reconocer y que le hace perder confianza en el poder judicial. Solo algunas cosas de las infinitas que podríamos encontrar: emergencia nacional por el paro de jueces, un juez que se cuelga de la luz para no pagarla, un juez que en definitiva conduce alcoholizado y cuando es detenido por la Policía en vez de cumplir como corresponde lo primero que dice es que es juez, los jueces que cometen acosos laborales, sexuales a los empleados, a las empleadas, jueces que insultan, que amenazan, que firman hojas en blanco para trabajar menos, que tienen complicidades con los procesos dictatoriales y vaya a saber cuántas cosas más.

Ese es en realidad parte de lo que un poder judicial tiene y estoy hablando del poder judicial que conozco. Todos esos casos son de Argentina, en ningún caso salvo el de Colombia, todos los demás son argentinos, hablo de un poder judicial que integro desde hace treinta y seis años, o sea, que no me es ajena la vida judicial, pero creo que cuando uno quiere hablar de ética, tiene que hablar de las cosas como son. Hablar de la ética judicial desde la teoría es fácil, no compromete, pero tampoco soluciona.

La ética judicial hay que ponerla en situaciones hasta a veces violentas frente a un auditorio. Lamento si violenta, pero es la única manera para hacer el tránsito real para pensar en algo que después vamos a decir.

Decíamos que el tránsito desde ese modelo de la divinidad a un modelo republicano presupone algunos esfuerzos en particular –claro que sí–, esfuerzos que los jueces deben estar de acuerdo en hacer.

Recuerdan que hablábamos de “los imaginarios”, el imaginario social y el imaginario judicial. Los jueces creen que todo está bien o casi todo está bien, mientras que la sociedad cree que pocas cosas están bien. Tenemos, pues, dos imaginarios: uno de la judicatura y otro social, y entre ambos existe una gran distancia ¿Qué puede hacer la judicatura para que un imaginario quede más próximo a lo real? Parecería que al menos puede poner en marcha cinco consideraciones.

La primera: hacer un abandono del formalismo exagerado. El formalismo exagerado no es otra cosa que el apego desmedido y extremo a todas las formas. Cuando el derecho sigue en un apego exagerado, desmedido, a las formas, siempre y en todo momento, indudablemente que el ciudadano siente a veces frustración por sus derechos porque la forma no permite que entre, que ingrese su derecho en discusión.

Entonces es conveniente que a veces los jueces asuman cierto compromiso de abandonar ese formalismo en función de una respuesta justa, equitativa al caso. Obviamente es mucho más sencillo ser formalista que no serlo, no ser formalista a veces, puede ser riesgoso, pero el ciudadano a veces merece el riesgo del juzgador frente a los derechos que están en juego. Esto me parece que es muy importante. Si un juez no pondera a veces que es el derecho del ciudadano el que tiene que ser satisfecho y no su tranquilidad en orden a…, cumplió con la forma. Cumplir con la forma es importante, pero tampoco puede dejar que la forma arrase contra los derechos subjetivos.

Segundo aspecto para ayudar a esta reconstrucción de un imaginario: los jueces deben asumir liderazgos en lo social y esos liderazgos fundamentalmente se nutren hoy de liderazgos éticos. Un juez no puede ser quien en definitiva conduce alcoholizado y luego lo primero que dice es que es juez, en lugar de hacer como cualquier ciudadano (se equivocó, pagar la multa, deja el coche, pasan las cosas que corresponden que pasen).

Asumir liderazgos éticos es asumir que los jueces comprendan que no solamente se es juez mientras se ocupa un espacio público y se goza de una toga; se es juez todo el tiempo todas las horas, se es juez veinticuatro horas de cada día y esto no es un dato menor. Si se comprende de esa manera estamos claros en pensar que el juzgamiento de ético que se les va a hacer a los jueces no solo será sobre su conducta publica, sino también sobre por sus conductas privadas con trascendencia pública.

Los jueces creen que en la mayoría de las ocasiones que su función ética se agota en los tribunales y que en realidad pueden visitar cómodamente casinos, compartir reuniones con gente extraña, con gente rara, pueden decir lo que les parece bien, que hay que decirlo sin pensar si pueden o no pueden decirlo. En verdad, lo único que se puede decir de la vida de un juez cuando entiende cabalmente que es un juez, es que es una vida que tiene ciertamente una gran cuota, no digo de sacrificio, digo una cuota de privación. Un juez que es realmente un juez, sabe que tiene vedadas muchas cosas: tiene vedado lugares, tiene vedado ver a personas, tiene vedada su propia libertad de expresión.

Un juez no puede decir lo que quiera, lo podrá decir en el ámbito más íntimo, más privado, pero no más de eso. Entonces, ser juez se supone liderar éticamente. ¿Y cómo se lidera éticamente? Asumiendo estos controles propios, personales en su vida pública y en su vida privada con transcendencia pública. Luego, superar modelos endogámicos. ¿Qué son los modelos endogámicos en los poderes judiciales?

Los poderes judiciales se terminan a veces convirtiendo en algo así como construcciones que cada vez son más autoreferenciales, cada vez son más propias a sí mismo, es endogámico; el juez se casa con la jueza, el amigo del juez es también otro juez que está en el poder judicial; entonces va encontrando un punto de convergencia sobre la matriz judicial y alejándose de otras matrices que no son las judiciales y eso indudablemente es pensar en poderes endogámicos.

Aristófanes era un humorista del siglo IV antes Cristo, siglo V antes de Cristo. Él decía de los jueces algo parecido a lo que nosotros estamos diciendo veinticinco siglos después. Los jueces se convertían como abejas: “los jueces son como abejas, siempre están en el panal, allí están, salvo que uno las toque, cuando se les toca salen del panal, ponen el aguijón y vuelven al panal”. Curioso Aristófanes, pero en realidad, mucho de real tenía.

Comprender la movilidad social de los cuadros judiciales es otro aspecto muy importante. Veamos, solamente habrá mayor profesionalidad en un poder judicial, cuando en ese poder judicial precisamente las personas puedan crecer, puedan avanzar, puedan pensar en un proyecto profesional, laboral, un futuro mejor y eso supone poderes judiciales donde haya más concurso, donde haya una actividad más pública, donde en realidad haya una meritocracia que haga que las personas progresen; donde en realidad se progrese por el mérito y no por otros accidentes.

Admitir la matriz ideológica, heterogénea que tiene que haber en un poder judicial. Un poder judicial no puede tener solamente personas blancas, negras, rosas, amarillas. Ideologías blancas, negras, rosas y amarillas. Las ideologías en un poder judicial tienen que ser las ideologías que hay en una ciudad cualquiera donde hay blancos, negros, rojos y rosas; es decir, donde en realidad se piense diferente acorde a muchas cosas.

Los poderes judiciales se enriquecen con miradas diferentes. Un poder judicial unidimensional solamente pierde en creatividad, sino que aumenta en endogamia y eso asegura una enfermedad a corto plazo. Si acaso, algunas, todas de estas cuestiones se pudieran conseguir nos estaríamos acercando a algo que puede ser justamente reconocido con ese concepto que está allí, con ese concepto largo que habla de la gubernamentabilidad moral de los problemas judiciales.

¿Qué es eso de la gubernamentabilidad moral? Empezar a entender que el valor de los jueces no está solamente en que ellos dictan resoluciones, si no que en realidad dictan resoluciones desde una responsabilidad moral. Ustedes coincidirán conmigo en que si mañana salen a la avenida del frente y el que conduce el vehículo es un juez y pasa todos los semáforos en rojo, cuando mañana el juez los juzgue a ustedes se van a sentir muy mal. ¿Por qué? Por la carencia de la gubernamentabilidad moral que tiene ese juez, le falta precisamente ese contenido y me parece que para comprender ese contenido hay que comprender que en realidad los jueces resuelven problemas morales de las personas con instrumentos jurídicos.

Esto es lo que todavía no está suficientemente comprendido. Los jueces resolvemos problemas morales de los ciudadanos con instrumentos jurídicos. No descuiden el análisis de lo que significa. Cuando a un juez se le lleva un contrato de locación que se ha incumplido porque se venció el tiempo del contrato y el inquilino no deja la propiedad, ustedes me van a decir que es una cuestión jurídica, pero en realidad no lo es. Primero es una cuestión moral, un problema de falta de confianza que ha existido y que como la confianza fue garantizada por un instrumento jurídico, es que emerge el instrumento jurídico después. Si en realidad, el inquilino se hubiera ido cuando correspondía, no es que estaba cumpliendo un contrato civil, hubiese cumplido con una responsabilidad moral que había tomado.

El derecho es, en definitiva, una garantía para el cumplimiento de las responsabilidades morales que los hombres tienen. Los jueces entonces resuelven problemas morales con instrumentos jurídicos y eso me parece que es muy importante de visualizar de esa forma, pero comprenderlo no es una cuestión difícil, lo difícil es experimentarlo en la práctica profesional, eso está claro.

Ahora bien, ¿qué hacemos como búsqueda? Como búsqueda podemos creer que si la gubernamentabilidad moral se alcanza en alguna medida, vamos a empezar a hacer un tránsito que llamaríamos “De los jueces a los buenos jueces y de los buenos jueces a los mejores jueces”. No es una cuestión meramente de palabras, sino que hoy un poder judicial está constituido por jueces que tendrán un determinado estándar: alto, bajo, medio, regular, el que sea.

Aun cuando tengan el mejor estándar, uno puede pensar que hay algo posible de mejorar, pueden ser buenos jueces, no solamente ser jueces y ser buenos jueces agota el camino en modo alguno; el camino es seguir pensando en ser mejores jueces. El concepto de la mejoría supone una actividad dinámica permanente de tránsito para algo diferente, para algo mejor. En ese marco, para ese salto de los jueces a los buenos jueces y a los mejores jueces, indudablemente el concepto de la confianza es un concepto primario.

¿Por qué las cosas funcionan? Porque en realidad el ciudadano les da confianza, les da un crédito. Se puede confiar de varias maneras: en las instituciones y/o en las personas. Puede ser una confianza cognoscible o una confianza no cognoscible. Si mañana vamos por la carretera y hay un vehículo detenido y vemos a alguien que nos pide auxilio podemos detenernos y ayudar. Quizá cuando nos detengamos nos asaltan, entonces hemos fracasado, hemos creído en una confianza que es no cognoscible, no conocíamos qué era lo que había, sino que era intuitiva la acción de confianza. Podemos también confiar porque hay una institución que respalda, que da crédito; se puede confiar en una universidad porque tiene prestigio, se puede confiar en un poder judicial porque tiene prestigio, o porque no lo tiene no se puede confiar.

Lo que está claro es que la confianza no es lo opuesto a la corrupción. Un poder judicial puede que no sea corrupto y puede que tampoco ofrezca ninguna confianza. ¿Por qué no ofrece confianza? Porque en realidad no hay liderazgo, no hay compromiso, no hay ese tránsito del que hemos hablado. Tampoco la confianza implica necesariamente eficiencia, pues hay muchos ámbitos que pueden ser eficientes y no ofrecer ninguna confianza. En realidad, una banda de ladrones puede tener una logística estupenda para asaltar bancos, tener eficiencia, pero está claro que no generará confianza salvo para los delincuentes que quieran trabajar en esa banda, pero no más de eso.

Entonces una pregunta: ¿Y cómo se puede comprender el concepto de confianza en el ámbito del poder judicial, en el ámbito de los jueces? Posiblemente, poniendo un pequeño axioma. ¿Cuándo usted confiaría en un poder judicial? ¿Cuándo usted confiaría en un juez? En realidad, cuando yo esté relativamente convencido que el juez va a tratar el asunto de los otros como quisiera que se traten los suyos en particular, cuando en realidad la regla de justicia que él quiere para los demás, que él quiere para él, sea la misma que dispone o dispensa a los demás, empezamos a encontrar un poder judicial que tiene rasgos que ofrecen confianza.

Ese axioma al que me acabo de referir presupone de nuevo algunas mejoras en el sistema, particularmente respecto a los procesos de inclusión y exclusión de los poderes judiciales. A los poderes judiciales se debe poder ingresar mediante sistemas honestos, claros, transparentes y previsibles; se debe ser excluido del poder judicial con sistemas igualmente convenientes.

Un poder judicial tiene que tener firmeza cuando excluye a un magistrado y el magistrado no tener dudas de porqué ha sido excluido. Maximizar, por otro lado, el profesionalismo judicial. ¿Qué es en realidad maximizar el profesionalismo judicial? Es pensar que dentro de los poderes judiciales uno puede trabajar para que conozcan mejor el derecho. Conocer mejor el derecho supone dotar a ese poder judicial de mayor erudición. Un poder judicial debe tener cada vez más erudición.

Pero no solamente ser erudito, sino que se debe desear saber pensar al derecho, hay que saber pensar al derecho; hay que poner prudencia, hay que poner lógica en el mismo derecho y finalmente, debe poder argumentarlo al derecho, sino todo el academicismo que se tiene vale de poco. Entonces, maximizar el profesionalismo de los jueces es eso, dotarlo de todas esas condiciones de fortaleza y luego insistentemente generar esto de la militancia de la ética judicial.

Un poder judicial que esta apartado de la ética judicial es un poder judicial fracturado, debilitado, enfermo. Allí aparecen entonces los códigos de ética judicial, pero primero advirtamos que el hecho de que existan códigos no transforma, no hace que el poder judicial deje de ser negro para ser blanco. Los códigos solo valen en tanto hay un compromiso, una voluntad de empoderarse de ellos.

Todos conocemos de la cantidad de códigos que existen y la poca atención que se les puede brindar a ellos. ¿Y los códigos de ética, por qué son importantes? Son importantes porque se supone que hay un colectivo judicial que ha reconocido cuáles son las cuestiones prácticas de ese poder judicial y las ha dejado ahí cristalizadas para que los otros, para los que vienen, para los que no son tan rápidos, despiertos, activos intelectualmente perciban las cosas, porque en verdad las cuestiones de la ética y de la ética judicial no siempre son claras.

Si la ética siempre fuera blanca o negra, sería bastante más sencillo. Las cuestiones de la ética muchas veces son grises, son dilemáticas; hay que hacer un juicio ponderativo de prudencia para ver tal o cual cosa y en eso es que los códigos ayudan a mejor discernir. ¿Cuál es el objeto de los códigos? El objeto de los códigos es justamente dar ese proceso de clarificación preanunciado, prediseñado por los propios poderes judiciales. Su contenido habla indudablemente de la conducta de los jueces, no de otra cosa, de la conducta de los jueces en tanto que es pública o tanto privada con trascendencia pública. ¿Por qué? Porque habla de conductas que son impropias, conductas que son indebidas.

Los códigos son una modernidad, pero lo que no es una modernidad es la exigencia de la responsabilidad ética de los magistrados. Lean cualquier clásico italiano, (Calamandrei, Carnelutti), se van a encontrar la exigencia de la responsabilidad ética que se les pide a los magistrados. Los principios son, en definitiva –lo vamos a ver–, un conjunto de lo que diríamos son virtudes. Hay virtudes personales, hay virtudes públicas y hay virtudes también judiciales.

¿Para qué sirven los códigos? ¿Qué utilidad tienen? Bueno, tienen muchas; esto de potenciar las buenas practicas, disuadir de las que no son tales, orientar en las mejores, generar un poder judicial comprometido, promover esos valores o esas virtudes. En realidad, todo eso parecería hablar de virtudes judiciales como excelencia.

¿Porque puse esa foto allí abajo? Porque ese es el Tribunal que integro, el Tribunal Superior, y que es casi el único poder judicial en el que me animaría de poner fotos de virtudes judiciales, no porque tenga todas las virtudes, pero por lo menos a mí me da la tranquilidad de que tiene algunas, pero como no puedo poner un rostro para alguien que agote todas las virtudes, pongo una toga y escribo a su alrededor esa virtudes judiciales. ¿De dónde las tomo? Las tomo del Código Iberoamericano de Ética Judicial, que fue curiosamente sancionado en este país, en esta capital en el año dos mil seis.

Uno se puede preguntar: ¿Los códigos iberoamericanos, los jueces, atienden todo ese conjunto de virtudes siempre? Está claro que no, pero al menos lo deseable sería que alguna de ellas sean siempre atendidas. ¿Cuáles? Las que parecería que son principales. La independencia, la imparcialidad y la justicia o lo justo o lo ecuánime, cualquiera sea la forma en que se explique. ¿Puede que un poder judicial tenga jueces que sean un poco menos corteses? Es posible. Puede que un poder judicial tenga jueces que en realidad no sepan muy bien motivar las sentencias, pero lo que no puede haber es un poder judicial donde los jueces no tengan en claro la independencia, la imparcialidad o la ecuanimidad.

Cuando se dice independencia, se hace referencia a la actitud que tiene un juez de rechazar todo tipo de interferencia de los poderes institucionales o de los meta poderes que, en definitiva, pretenden orientar su resultado; los meta poderes, sean ellos poderes fácticos de grupos económicos, de grupos mediáticos, de grupos religiosos o dogmáticos. En realidad, el poder judicial está muy lejos siempre de todos esos tipos de interferencias.

La imparcialidad supone que los jueces deben estar lejos de los propios prejuicios que el propio hombre-juez tiene en su interior. Todos los hombres tenemos prejuicios acerca de algo, acerca de alguien, acerca de circunstancias. Si un juez no retira los prejuicios que tiene antes de resolver la cuestión, no está resolviendo con imparcialidad, está resolviendo con una parcialidad de acuerdo con su propio prejuicio y eso afecta al ciudadano.

Y finalmente, en esta triada, que para mí encierra todo el ámbito de la ética judicial, está esta percepción de lo justo, de lo ecuánime; lo justo dejó hace mucho tiempo atrás dejar de ser aquello que Ulpiano definía como el objeto de la justicia: la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo, siendo lo suyo el derecho de cada quien o lo justo de cada quien. Hoy, lo justo en verdad tiene una dimensión dinámica, móvil, plástica, lo justo a Juan bajo ciertas circunstancias puede ser que no sea lo mismo a Pedro, porque en realidad las condiciones varían y lo justo se moviliza.

Nos quedarían por conversar todavía muchas cuestiones, pero creo que el auditorio, como dice Quintiliano, posiblemente el mejor rétor que hubo en el mundo (siglo primero después de Cristo, año setenta), “en realidad, todo buen rétor debe saber hasta dónde un auditorio está en condiciones de soportar con hidalguía”. Creo que ustedes lo han hecho respetuosamente, generosamente y yo de eso agradezco mucho, motivo por el cual, hasta aquí he llegado.

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